jueves, 18 de diciembre de 2008

La Legitimidad de la Revolución Americana

Por: José Stevenson Collante 33º
Ex Gran Maestro de la Muy Resp.·. Gr.·. Log.·. del Norte de Colombia

«Hay tres tipos de revolucionarios: los precursores,
los que la hacen y los que se aprovechan de ella»
NAPOLEÓN BONAPARTE.

Nuestra patria nos es desconocida. Esta es una verdad absoluta porque los historiadores, escritores, etnólogos y políticos que la han recorrido, siempre se encuentran con sorpresas. En cualquier rincón de ella, salen a nuestro encuentro el paisaje ensoñador, los torrentosos ríos, las riberas y el cielo azul de sus dos mares, y en medio de la selva la aldea donde cohabitan las gentes más pobres del país y en sus bohíos nuestros antepasados, mostrando la lección de su trabajo. La abnegación y la bondad de sus atenciones nos ponen a meditar.

Desde 1492 el navegante genovés Cristóbal Colón, el viernes 3 de agosto, en compañía de los hermanos Pinzón (Martín Alonso y Francisco), con Vicente Yáñez, medio hermano de aquellos, y la ayuda de los Reyes Católicos (la reina Isabel de Castilla y su esposo don Fernando de Aragón) inició su épica empresa. Desde el puerto de Palos zarparon las tres naves: La Santa María, la mayor comandada por el Almirante Colón; La Pinta iba piloteada por Martín Alonso Pinzón y La Niña por Vicente Yáñez, el más diestro de los navegantes en la embarcación más debilitada. Sin duda fue este el acontecimiento más importante de ese siglo.

A partir del 12 de octubre, día del descubrimiento de América, el período de La Conquista estuvo marcado por la lucha cruel y despiadada de los ibéricos, contra la paciente resignación de los nativos. Tal parece que la tripulación lujuriosa, sedienta de placeres y riquezas en los setenta días de soledad marina, al llegar a la isla Guanahaní, cuyo nombre cambió Colón por el de «San Salvador», se hubiese enloquecido por tantas maravillas.

Hasta 1545 fueron 53 años de lucha encarnizada y de resistencia heroica y humillante, que los nativos resistieron a los conquistadores enloquecidos.

La Revolución Americana, como toda revolución, expresa una idea compleja. De una parte, el abuso y la avaricia de los conquistadores frente a la defensa connatural de las propiedades y derechos de los nativos; la insurrección por la defensa de sus intereses, la prelación de un nuevo derecho, que es legítimo cuando lo provoca la obstinada aspiración del español de enriquecerse, a como dé lugar; una lucha dispareja entre conquistadores violentos, saqueadores, voraces y crueles contra la resistencia heroica, pasiva de los nativos que todo lo perdieron: su cultura, sus bienes, sus mujeres, su forma de gobierno y hasta la virginidad de sus hijas. En materia de atropellos físicos y morales, el descubrimiento, la Conquista y la Colonia fueron puntos negros en la Historia del Nuevo Mundo y una de las tragedias más vergonzantes de la humanidad durante los siglos XV, XVI Y XVII.

Es un fenómeno histórico universalmente comprobado, que nadar contra la corriente de un río o de la opinión popular es poner en cuestionamiento todas las certidumbres humanas. Por consiguiente, siempre es legítima una revolución cuando la mayoría la solicita en oposición a una aventura, una casualidad, una osadía de la que no se da rigurosa aceptación. Eso fue en líneas generales el descubrimiento de América; una acción dirigida a solucionar la crisis económica de España, desgastada por las continuas guerras contra Francia e Inglaterra. Por eso el convenio firmado entre el genovés y los Reyes Católicos, en el fondo, era un pacto demoníaco de arrasarlo todo, sin caridad y sin el mínimo respeto por los nativos, que eran los grandes ignorados y sacrificados en ese proceso. En este sentido siempre es legítima la defensa, una reacción natural; una revolución cuando la mayoría la solicita, la desea y la realiza, lo cual hace que las revoluciones no sean la moda del día. Al principio solo obran sobre algunos espíritus los síntomas de un dolor oculto. Esta minoría estudia el problema, y mientras se ocupa de esta tarea, se profundiza más y más el malestar interior, el mal se universaliza y se hace cada vez más necesario, mientras que la sociedad exige una solución siempre en aumento, un remedio a su triste condición humana de ser explotados y exterminados. Por esa razón nuestra independencia y la de algunas otras naciones americanas duró más de tres siglos resistiendo paciente y heroicamente.

Ante una precaria situación aparecen las eternas contradicciones, en razón del principio físico «de acción y reacción»; esto es lo que buscan la redención de los oprimidos contra los privilegiados o los que abusan del poder contra aquellos que protestan. Entonces, se forman dos bandos o partidos, unos y otros obstinados en su opinión siguen sistemáticamente su empresa hasta conseguir la ruina o la derrota del contrario. Y como la victoria pertenece al más organizado, al de mayor número, se consume al fin la Revolución con la victoria de uno y la consecuente derrota del otro bando. El Renacimiento, la Reforma Religiosa, la Independencia Americana, la Revolución Francesa, la Revolución Cultural de Mao, la Revolución Industrial de Inglaterra, la Revolución Mexicana de Porfirio Díaz, la Cubana de Fidel Castro con Camilo Cienfuegos y el «Che» Guevara; la del Proletariado de Lenin fueron todas revoluciones cruentas. Anteriormente se decía que si el Renacimiento era considerado como «la madre de las revoluciones», la Reforma Religiosa era considerada «el padre», porque marcaron el comienzo de una revolución artística y cultural, y la otra de una religiosa y política. Hoy lo es la «Internet» y su sistema cibernético de comunicación.

En sentido lato, es legítima una Revolución cuando la provoca la obstinada resistencia del poder constituido por una casta privilegiada contra los cambios exigidos y reclamados por la voluntad popular, la paz pública y las manifestaciones masivas de protesta del sector ofendido, oprimido y humillado de la sociedad civil. Si el juicio de una nación puede extraviarse, si una mayoría puede llegar al estado de demencia, es evidente que no habría ningún criterio para aplicar la legitimidad de una Revolución. Más ya se ha probado que negar la autoridad de la conciencia pública es poner en duda todas las creencias; es negar todas las certidumbres humanas. Por consiguiente, siempre es legítima una revolución, cuando por justas y notorias causas, la mayoría como protesta las desea y las lleva a cabo.

Por lo general, el invasor o el gobierno establecido que maneja los hilos del poder se inquieta menos por atender las exigencias de protesta contra los privilegios o abusos cometidos a los lastimados, los que carecían de derechos humanos y de opinión, los parias de la sociedad. Entonces, como he dicho, se forman dos facciones con intereses diferentes, irreconciliables que siguen sistemáticamente sus propósitos hasta conseguir, al menos, los privilegios del contrario y como al final la victoria pertenece al más poderoso, se consuma la Revolución, donde siempre habrá vencedores y vencidos. Esa es la ley natural en todo proceso revolucionario.

La palabra revolución a algunos les causa espanto, a otros les da miedo y a los pusilánimes, pavor. Sin embargo, desde un punto de vista histórico este vocablo es un cambio de régimen social, religioso, artístico, económico ó político caducos por la instauración de uno nuevo y progresista, que puede afectar o transformar las relaciones de producción, la estructura institucional, la religiosa, la ideológica o a la totalidad de un determinado sistema social de gobierno. Desde luego, que es apenas natural, que ello determina un importante cambio en las relaciones existentes dentro de la lucha de clases por el bienestar social y la supervivencia de la humanidad, y a través de ese proceso transformador, una clase explotada, humillada, puede pasar a ser dominante, activista y progresista. Esa etapa, simplemente entendida, se dice que es revolucionaria. Esa expresión, ahora, a nadie le produce escozor ni desvelos.

En su aspecto primitivo esta palabra no ha sido alterada por el uso. Ignoramos cuando se adoptó en el vocabulario de la ciencia política, es más, creemos que debe atribuirse esta adopción a los filósofos de la escuela neoperipatética, que la doctrina de Aristóteles instauró.

En nuestro lenguaje cotidiano, la palabra Revolución expresa una idea compleja: la insurrección contra un hecho y la consecuente proclamación de un derecho nuevo. Como hemos dicho, es legítima cuando la provoca la obstinada resistencia del poder constituido contra una reforma reclamada imperiosamente por la voluntad popular mayoritaria, es decir, por la voz pública. Por eso, si la sindéresis la pierde la masa popular es evidente que no habría ningún criterio válido para apreciar la legitimidad de una revolución. Más, ya se ha probado que negar la legitimidad de la conciencia pública, es arruinar toda la certidumbre de la conciencia humana.

Esos movimientos revolucionarios a los que me he referido, no nacieron en los conventos ni en las abadías de religiosos donde no había plena libertad de pensamiento, donde la conciencia estaba encarcelada y el libre juego de las ideas progresistas era frenado por el dogmatismo religioso. Fueron los enciclopedistas, los hombres y soldados formados en nuestros Templos Masónicos los que con su tríptico lema revolucionario sembraron en las mentes jóvenes, las ideas filosóficas generadas por Voltaire, D'alembert, Rousseau y tantos otros, que lograron impulsar a las masas populares nuevas ideas, que transformaron las costumbres y el sistema de gobierno donde tuvieron vigencia. En ese sentido la Revolución Francesa, toma el modelo de la Americana, realizada por Washington, La Fayette, Jefferson, Rochambeau para derrotar a los ingleses en Trento y Yorktown en 1781. Estos patriotas norteamericanos fueron soldados de la libertad salidos de los Templos Masónicos.

Un célebre pensador español contemporáneo, José Ortega y Gasset, ha apuntado que las rebeliones se hacen contra los abusos de poder, mientras que las revoluciones son dirigidas contra los usos de un sistema de gobierno obsoleto, y como tal, lleno de vicios administrativos y éticos, con el único propósito de fortalecer una crisis económica a como diere lugar. En este sentido, el mismo filósofo español había expresado que «el revolucionario no se rebela contra los abusos, sino contra los usos». Cuán elocuente y orientadora fue la manifestación del emperador Napoleón Bonaparte cuando afirmaba: «los hombres que han cambiado la paz del universo, jamás lo han conseguido dirigiéndose a los jefes, sino agitando las muchedumbres». El primer procedimiento es de intriga y no produce sino efectos secundarios. El segundo es la marca del genio y cambia el aspecto del mundo. En este sentido, nuestros libertadores, Bolívar y Santander, Juárez y Martí, Washington y Miranda, Ghandi y Martin Luther King a nivel universal, y Gaitán y López Michelsen, en el panorama nacional fueron revolucionarios en toda la extensión de la palabra.

Un régimen tiránico puede ser derrocado por un pueblo atormentado en plena rebeldía, cuando los gobernantes han abusado del poder. Pero, cuando el movimiento se dirige contra las instituciones que abusan continuamente del poder en forma determinada, se tiene una revolución, que todos sabemos cómo comienza, pero no cómo termina; la Independencia Americana y la Revolución Francesa son ejemplos clásicos de estas referencias.

Conviene recordar que muchos de los criollos de Nueva Granada, Venezuela, Ecuador, Chile, Perú, Argentina, Centro América y México, por los acontecimientos políticos que se dieron en Europa y la influencia y efectos de la Revolución Francesa, anhelaban la independencia de las Colonias Americanas de la Corona Española. Durante sus viajes de negocios, unos y otros, con fines de estudio a los países, a su paso obligatorio por las Islas Antillanas, muchos de ellos hicieron contacto con miembros de Logias Masónicas existentes en dichas Islas y se iniciaron ingresando a dichos Talleres por estar de acuerdo con sus ideales y sus principios democráticos de libertad, además de su franca oposición a los gobiernos absolutistas y despóticos. Los miembros de las logias patrocinadas por el General Francisco de Miranda tenían especial interés en controlar la llegada de los americanos al puerto de Cádiz, puerta de oro, y a las ciudades de Madrid, Paris y Londres, con el propósito de estudiarlos, atraerlos y formarlos en la causa de la emancipación americana, haciéndolos miembros de las Logias Mirandistas, las cuales tenían por fin lograr la independencia de las colonias españolas en el Nuevo Continente.

Los refugiados políticos de América encontraban buen ambiente en la isla de Jamaica, punto geográfico de tráfico marítimo obligado con los países europeos, y eran bien recibidos, ya que, bajo el pabellón inglés, todo perseguido político o religioso, gozaba de amplia libertad y protección. Así mismo, en la Capitanía de Guatemala, en la Isla Martinica (colonia francesa), en Puerto España (isla de Trinidad) colonia inglesa, y en la Isla francesa Antigua se fundan logias donde muchos suramericanos fueron iniciados. Eso, desde luego, favoreció la labor de adoctrinamiento del General De Miranda, el «Precursor de la Independencia Americana» y el éxito la Revolución Suramericana.